Era la hora de la oración vespertina. Las cuentas del rosario se sentían frías contra mis palmas mientras me arrodillaba frente al pequeño altar en mi habitación, el hábito cubriendo mi cuerpo como un sudario de falsa piedad. Pero ¿cómo demonios podía concentrarme en los Ave Marías cuando una tentación mucho mayor acechaba justo detrás de mí? Mi vecino sexy —ese bastardo pecaminoso de hombros anchos y sonrisa arrogante— se había colado de nuevo en mi habitación. Su presencia era como un susurro