Siempre he sido la chica buena. La que se sienta en la primera fila, con el cuaderno abierto antes de que el profesor entre, levantando la mano con la respuesta correcta cada vez. Mis padres me lo inculcaron desde joven: las chicas buenas estudian duro, se visten con modestia y nunca, jamás, dejan que un hombre vea lo que hay bajo su falda a menos que haya un anillo y un voto de por medio. El sexo era un pecado susurrado, algo sucio que les pasaba a las malas personas.
Pero, Dios, estoy cansada