No he dormido bien en una semana.
Cada noche me acuesto en mi estrecha cama del dormitorio con los muslos apretados, repitiendo en mi cabeza lo que pasó en la oficina del profesor Reed. El estiramiento de él dentro de mí. El golpe húmedo de sus caderas contra mi culo. La forma en que me inundó tan profundo que lo sentí durante horas después. Me toco hasta quedarme en carne viva, corriéndome con su nombre en los labios, y luego lloro porque estoy aterrorizada de que alguien descubra en qué me he