Mientras entraba en el confesionario tenuemente iluminado de la Catedral de San Miguel, el familiar aroma a madera pulida e incienso me envolvió como un sudario. Yo era el padre Elías, el joven sacerdote que había sido asignado a esta parroquia solo seis meses atrás, recién salido del seminario con los votos de celibato aún ardiendo en mis venas. A mis 28 años, tenía el aspecto adecuado: alto, delgado, con el cabello negro cortado corto y ojos verdes penetrantes que los feligreses a menudo decí