Me desperté sola, con la luz del sol atravesando las persianas como dedos acusadores. Mi cuerpo parecía haber pasado por una guerra: muslos pegajosos, coño y culo palpitando con un dolor profundo y delicioso, la piel cubierta de marcas de mordidas frescas y moretones con forma de garras. Las sábanas olían a humo, sexo y ese inconfundible toque a granada.
Durante un minuto entero me quedé allí tumbada, mirando el techo, intentando convencerme de que todo había sido una pesadilla erótica provocad