La mañana del domingo llegó como una resaca hecha de vergüenza.
Me desperté solo en mi propia cama por primera vez en dos días. Las sábanas estaban rígidas por el semen seco: mío, de ellos, capas y capas. Mis muslos se pegaban cuando intentaba moverme. Mi agujero palpitaba con un dolor sordo y constante que ya no era exactamente dolor. Era… conciencia. Como si mi cuerpo hubiera aprendido un nuevo idioma durante la noche y no pudiera dejar de hablarlo.
Intenté ser normal.
Me duché hasta que el a