El lunes llegó como un castigo que aún no había merecido.
Llamé diciendo que estaba enfermo.
Primera vez en tres años.
El correo fue corto: “Gripe. Ausente hoy.”
Mi jefe respondió con un emoji de pulgar arriba y “¡Mejórate!”
Ojalá.
No salí del apartamento.
No podía.
Cada vez que pensaba en salir, el hambre surgía: caliente, violenta, retorciéndome las entrañas hasta doblarme.
Mi cuerpo ya no solo estaba dolorido.
Estaba… cambiado.
Mi polla se veía más gruesa en el espejo, venas más prominentes,