Merece la pena

El golpe de la puerta me obligó a brincar de la silla mecedora junto a la cuna.

–¿Dónde está mi hija? ¿Quiero verla!

Santos. Borracho. Como llevaba ya varios días desde que Astrid muriera.

Como una presa acorralada, miré en todas direcciones de la habitación. Decorada con tanta paz, con colores tenues y tiernos que se parecían mucho a la pequeña bebé que dormía a placer boca abajo, d

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