El sol golpeaba la piel morena de Edelia, una mujer que había perdido a su marido hacía dos lunas y que, por su condición de granjera pobre, estaba condenada a la hambruna. Pero Dios le había dado la sabiduría de sus ancestros y la testarudez de su antiguo clan. No se rendiría ante los designios que el señor le había puesto delante, por ella y por su hija Isolda Mary, tenía que seguir adelante.
No era oficio de la mujer el de pescar, pero a ella se le daba extremadamente bien y sus cosechas crec