No sé por cuánto tiempo escuche música, tanto hasta el punto de haberme quedado dormida. Me levanto para ir a comer porque siento como la bestia que yace en mi interior está a punto de devorar mis intestinos.
Pego una carrera y al entrar en la cocina no había nadie en ella. Busco por los alrededores para saber si Loreta dejó mi comida servida.
—Ya le caliento la comida señorita. —informa al entrar a la cocina—. Estaba haciendo unas compras.
—Está bien, no te preocupes. Yo la puedo calentar.