Siempre llegaba quince minutos antes de abrir la pastelería.
Era mi pequeño ritual. Mi forma de prepararme para sobrevivir al día de trabajo sin morir en el intento. Sabía que era algo exagerado, pero no estaba mintiendo.
Encender las luces cálidas del local, acomodar las bandejas de croissants recién horneados y respirar el aroma dulce de mantequilla, vainilla y café recién molido que llenaba cada rincón. Aquello me daba calma, una que necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Traba