Ver a esa hermosa mujer entrar y caminar como toda una diosa hace que se disparen en unos malditos celos que no había sentido en mi vida. De solo ver como las miradas de cada uno de los presentes se posan en lo que es mío, me dan unas inmensas ganas de arrancarle los ojos.
El vestido rojo vino que trae puesto, se ajusta como un guante a su cuerpo, denotando cada maravillosa curva y resaltando sus atributos.
«¡Maldición!»
—Vamos guapo, que ara luego es tarde. —dice la mujer que hasta nada estaba