El irrefrenable deseo de gritar se mete por mis poros e invade cada centímetro de mi cuerpo. Me centro en observar a Giuli intentar por todos los medios arreglar el caos en tan solo un par de minutos; por supuesto que falla, pero mirarla proporciona un ancla en mi para evitar sucumbir al pánico impregnado de locura.
Lo primero que acomoda son los barnices, cada uno formado de acuerdo a los colores del arcoíris, una vez que coloca el último barniz, espiro una profunda bocanada de aire que, sin d