Quince.2

Lo que me tranquiliza es que Dalia y yo llegamos después de la una a la residencia y por un milagro, la tarjeta nos dio acceso. No sé qué tan frecuente sea eso, pero si llego tarde, espero correr con la misma suerte.

A mitad del camino, el chofer suelta una maldición, pierde un poco el control del volante, pero rápidamente lo retoma. Sin embargo, el rin comienza a golpear contra el suelo y sé que se ha ponchado una llanta. Me asomo por la ventana y veo que detrás de nosotros hay una tabla con v
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