Hay un sofá descuidado pegado a una pared, el hombre que no ha perdido oportunidad alguna para hacerme sentir como una idiota, me guía suavemente hacia allá. Gentilmente, me ayuda a recostarme, me aferro lo más posible a él, posiblemente le estoy haciendo daño en el brazo, pero no se queja ni se aparta.
―Necesitas agua, espera.
―No, no me dejes ―mi lengua se siente pastosa―. No te vayas.
Me lanza una mirada que no sé interpretar, pero hace caso omiso a mi súplica y afablemente se deshace de mi