Pago la consulta con anticipación.
El psicoterapeuta deja salir a su paciente anterior, me pide unos minutos y después me permite entrar. Es un hombre de mediana edad, tal vez roce los 45, tiene el cabello perfectamente recortado y su expresión genera confianza.
Me da a elegir en donde sentarme, hay dos sillas, un diván y un cómodo sofá. Inmediatamente me voy por la silla.
―Dime, Kendra, ¿en qué puedo ayudarte?
―Tengo estos sueños que no comprendo ―explico lo más segura que puedo―. Mi pasado e