Dentro de una furgoneta negra con los cristales tintados que se alejaba a toda velocidad de la zona ajardinada del complejo, Victoria continuaba gritando histéricamente. Sus dos manos, que forcejeaban desesperadamente, estaban sujetadas con firmeza por dos guardaespaldas de complexión robusta sentados a ambos lados de ella. Sus suaves mejillas, que aún conservaban el rojizo dejado por la bofetada de Berlyn, ardían intensamente.
"¡Suéltenme, malditos! ¿Adónde demonios me llevan?!" gritó Victoria