El vaso de agua fría que la sirvienta le había ofrecido solo logró aliviar la sed de Berlyn, pero fue completamente incapaz de apagar el fuego extraño que continuaba ardiendo en su pecho. Aún incómoda por la conversación que había mantenido con las sirvientas, Berlyn finalmente decidió subir de nuevo hacia el dormitorio principal del segundo piso.
Sus pasos eran lentos y vacilantes. En cuanto abrió la gruesa puerta de madera de teca y entró en aquella habitación impregnada de una delicada fraga