Aquella mesa quedó muda ante las palabras hirientes de Talía para su amiga. Aunque no la hubieraacusado directamente, todos entendieron lo que había querido decir: Mili había merecido el castigo, por seductora de hombres. La chica, humillada, bajó la cabeza, se apretó los labios. Sus mejillas lucieron afectadas por el color de la vergüenza, un rosado intenso. Talía había dejado varios mensajes terribles con aquellas palabras. No solo la había acusado de enferma seductora, sino también había dad