La casa estaba en silencio cuando desperté.
Todavía era de madrugada y Bogotá seguía cubierta por esa oscuridad azulada que aparece justo antes del amanecer. Permanecí acostada unos segundos mirando el techo, escuchando la respiración tranquila de Alejandro a mi lado.
Hoy era el desfile.
Y, sorprendentemente, no sentía ganas de salir corriendo.
Había nervios. Claro que sí. Era imposible no sentirlos después de tantos meses de trabajo. Pero ya no era ese miedo devastador que antes me consumía po