El despacho de Liam Cavalli se siente como una jaula de cristal a punto de quedarse sin oxígeno.
A través de los inmensos ventanales, la ciudad sigue su curso habitual, pero dentro de esas cuatro paredes de diseño impecable, el mundo del millonario se está cayendo a pedazos.
Sobre su escritorio, los informes financieros, las actas de la junta directiva y las proyecciones de acciones están amontonados y completamente ignorados, porque no tiene cabeza para nada de eso.
Lo único que ocupa su mente