Ya eran las diez de la mañana. En el comedor la mesa ya estaba servida, la ama de llaves había preparado desayuno para tres al recordar que la rubia y el pequeño pelirrojo se habían quedado esa noche después de la celebración del cumpleaños 5 del pequeño.
Entro estirándose perezosamente, sonreía complacido, sus ojitos negros parecían estar completamente descansados para comenzar el día, después de todo el domingo era el único día en que se daba el lujo de no despertar a las seis de la mañana co