El restaurante se llamaba Nonna's, escondido en una calle lateral que Michaela nunca hubiera encontrado sola. No tenía el glamour pretencioso de Le Bernardin ni la frialdad de acero de los lugares donde Nick la llevaba. Las paredes eran de ladrillo expuesto, había manteles a cuadros rojos y blancos, y olía a ajo, albahaca y pan recién horneado de una forma que hizo que su estómago rugiera avergonzantemente fuerte.
Claudio ya estaba sentado en una mesa junto a la ventana, leyendo algo en su tablet con el ceño fruncido. Cuando la vio entrar, su expresión se transformó completamente. La sonrisa que le regaló era como sol después de una semana de lluvia.
—Pensé que ibas a cancelar. —Se levantó para saludarla, besándola en ambas mejillas en ese estilo europeo que ya no se sentía anticuado viniendo de él.
—Consideré hacerlo aproximadamente diecisiete veces. —Michaela se sentó, dejando caer su bolso en la silla vacía—. Lo que probablemente dice mucho sobre el estado de mi vida en este moment