El auto de Claudio olía a cuero caro y derrota. Michaela se había subido sin pensarlo cuando él la alcanzó en el lobby, sus ojos suplicantes, su mano extendida como si ella fuera lo único manteniéndolo a flote.
—Mi oficina está a diez minutos. —Dijo, su voz ronca—. Por favor, Michaela. Déjame explicar apropiadamente. Sin Nick. Sin audiencia.
Ella debería haber dicho que no. Debería haber tomado un taxi a casa, bloqueado ambos números, y pretendido que esta noche nunca pasó.
Pero había algo en l