Tomé el abrigo que había colgado detrás del respaldo del asiento, arrojé los enormes aretes y salí corriendo del auto, entré al hospital con los nervios carcomiéndome por dentro, todo el cuerpo me temblaba.
—¡Anthony Austen! —chillé a la recepcionista.
—¡Holly!
Me giré hasta dar con el rostro de mi madre, que estaba también afligida.
—¿Qué sucedió? —casi grito desesperada.
—Aún no lo sé—sollozó—, tenía mucha fiebre y poco después se le hincharon los labios.
Sentí de pronto unas ganas inmensas