—No puedo creerlo de ti—gritó ella—¿en qué estabas pensando?
Nos encerramos en la biblioteca dejando a todos en el comedor, que hablasen lo que hablasen, ya no me importaba.
Lo único que sentía era el repudio hacía la mujer frente a mí, a quien no podía llamar madre.
—Tú eres la culpable de esto…
Cherise crispó los ojos.
—No quieras culparme de tus decisiones, Adonis.
—Deja de llamarme así, maldita sea.
—Tu necedad es aberrante, dame la maldita explicación de este maldito circo ¡Si soy la culpa