La noche en el club prometía ser una de esas que dejan huella. Apenas cruzamos la entrada, Vincent me guió con su mano firme en la parte baja de mi espalda. Era un gesto de control absoluto, posesivo, pero que en mí solo encendía un fuego que no sabía si quería apagar.
Las luces del club titilaban con destellos dorados y escarlatas, la música vibraba en el aire y el murmullo de conversaciones se mezclaba con risas y promesas susurradas. Este lugar era un mundo aparte, un rincón de la ciudad don