C81. La última voluntad.
Giovanni Ferrari
El silencio que dejó el portazo de Sebastián arriba se sentía como una condena. Me quedé sentado al borde de la cama, observando la respiración errática de Francesca. Sus dedos, entrelazados con los míos, se relajaron finalmente cuando el sueño por los medicamentos empezó a hacer efecto.
Pero yo no podía cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba, veía la mirada de mi hijo en el pasillo: ese odio puro, esa decepción que no tiene retorno.
Me dolía el pecho, un dolor sordo que n