Las horas parecían arrastrarse.
Yo bebía despacio, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón de la sala, mientras el whisky bajaba quemando la garganta.
El reloj marcaba el tiempo como un verdugo despiadado.
Fue entonces cuando apareció Vicenzo.
Su sonrisa sórdida me dio náuseas instantáneas.
— ¡Me dejaste para el sacrificio, eh, maldito!
— Tú tienes más intimidad, siempre la tuviste...
— No era precisamente a mí a quien tu cuñadita quería... ni su hija.
— La madre nunca si