Dejo caer el bolso en la entrada y me siento. El tobillo aun me duele. Como acostumbro, me quito los zapatos y las medias y los lanzo lejos. Estar en mi casa es lo mejor de mis días. Voy a quitarme el sostén y entonces un gruñido me hace levantarme de prisa.
—Siento sorprenderte.
Por Dios. Siento mi cara caliente. Qué pena.
Niego y camino para coger mi bolso. Con cada paso, hago una mueca.
—Si necesitas un masaje.
¿Que? Debo estar soñando.
Esta guapura me quiere dar un masaje.
De nuevo la timid