Acostados bajo el manto de los pétalos de rosas, el atardecer se sonro mientras los rallos de sol iluminaban a la pareja que se amaban y la brisa golpeo sus pieles. Pero nada era comparado con el calor que sus cuerpos emanaban.
Los sonidos de sus gemidos y sus respiraciones agitadas era igualada que la melodía de los cantos de las aves.
Ella jadeó cuando él mordió ligeramente su pezón y luego lo chupó.
Las sensaciones que envolvían su cuerpo eran tan extrañas para ella y las chispas la dejaban