Todavía sentía la adrenalina de la bronca con Roberto corriéndome por las venas. Estaba cogiendo mi americana, listo para salir y buscar a Mariana antes de que se fuera a esa maldita cena con el tal Jaime, cuando a puerta se volvió a abrir.
— ¿Señor Ferreira? —Gabriela asomó con la cara pálida—. Sé que ha pedido que no le molesten, pero... hay un señor aquí. Dice que es de la Policía Federal.
Sentí un puñetazo en el estómago. El día no me iba a dar tregua.
— Déjale pasar, Gabriela —suspiré, tir