Observé, con cada músculo de mi cuerpo tenso. Las pantallas mostraban el flujo normal de gente: clientes entrando y saliendo del restaurante, unos chavales en la tienda de móviles, un repartidor con prisas. Nada sospechoso. Nada obvio.
— Más atrás —grité, sintiendo que la impaciência ya me hacía perder el control—. Vuelve más atrás. Dos horas.
El operador aceleró el rebobinado. Las figuras en las pantallas caminaban hacia atrás de forma ridícula.
Me centré en el restaurante. Los grupos se forma