No tardó mucho. Bajó ya con unos vaqueros y una camiseta gris básica, todavía con el pelo húmedo. Parecía… más humano, accesible e infinitamente más peligroso.
Se sentó justo enfrente de mí, en la mesa que había preparado Eliete. Yo estaba casi terminando mi sándwich de jamón y queso e intenté meterle prisa al asunto; me moría por largarme de allí cuanto antes.
— ¿Cómo va ese pie? — preguntó él, cogiendo el tenedor.
La pregunta me pilló por sorpresa. Era… normal. Cortés.
— Está… bien. Las pasti