Mariana salió cojeando, con el tal Jaime al lado, riéndose de algo que él decía.
Se paró al verme y sus ojos, que segundos antes brillaban, recorrieron la escena del papel en mi mano y a las dos tías alejándose, todavía mirándome.
Vi cómo le cambiaba la cara a una mueca de desprecio, seguida de un giro de ojos monumental.
Las chicas desaparecieron por la esquina. Jaime siguió su camino tras un “hasta luego” rápido para ella y un saludo neutro para mí, que le devolví con una mirada que debió de