Sus pasos bajando las escaleras eran firmes e inconfundibles. Mi corazón decidió ponerse a hacer acrobacias en el pecho… y entonces apareció él.
Madre mía.
No era justo. De verdad que no era justo para el resto de la humanidad. El traje gris oscuro parecía esculpido sobre él, resaltando sus hombros anchos y su cintura estrecha.
El pelo, aún un poco húmedo de la ducha, estaba perfecto. Y el olor… un aroma amaderado, limpio, caro y rematadamente masculino invadió el salón antes incluso de que se