Por dentro, la casa era aún más impresionante.
Todo era claro, amplio y caro, con olor a flores frescas y madera pulida.
En el salón, un grupo de personas conversaba en voz baja y educada. Todas parecían sacadas de la misma revista que la madre de él.
Me quedé parada cerca de la entrada, observando. Rodrigo fue saludado por algunos y respondía con asentimientos cortos, algún apretón de manos, pero con la misma frialdad impenetrable de siempre.
Era como ver a un lobo en un salón de baile.
Laura,