Laura salió corriendo hacia él.
Él se levantó de la silla de un salto, abrió los brazos y la cogió en el aire con un movimiento que parecía ensayado de toda la vida.
— ¿Qué hacéis vosotros por aquí? —su voz sonó muchísimo más suave de lo que le había sonado en todo el día.
— ¡Mali ha dicho que no ibas a cenar! —soltó Laura, con toda la seriedad del mundo—. Así que hemos venido a traerte comida y a verte.
Me miró por encima de su cabeza y yo levanté la bolsa.
— Traemos suministros.
— No hacía fa