Faltaban veinte minutos para la rueda de prensa.
El discurso me lo sabía de memoria, las pruebas estaban organizadas. El traje, impecable.
Todo listo.
Menos yo.
Me pasé la mano por la cara por milésima vez esa mañana, sintiendo cómo el cansancio me pesaba en los hombros.
La rabia seguía ahí, ese runrún por el hecho de que ella não hubiera confiado en mí. Pero por debajo de eso, había algo mucho más fuerte.
La necesitaba.
Cogí el móvil y la llamé.
Lo cogió a la primera.
— Estoy yendo.
Y colgó an