Pobre Elara
Desde aquel día en su oficina, Chase había encontrado cualquier excusa para asegurarse de que fuera él quien me llevara a casa, siempre usando ese maldito acuerdo como trampa para mantenerme bajo su control. Sabía perfectamente cómo jugar, aprovechándose del contrato para hacerme sentir que no tenía más remedio que ceder a sus caprichos, y hoy no fue diferente. De repente, me exigió que almorzáramos juntos, pero a medida que pasaban las horas, se convirtió en una cena en toda regla