Exnovio rival 

El aguacero incesante transformó la ciudad en un velo resplandeciente, cada gota una fría acusación contra la piel de Liora mientras se acurrucaba bajo la farola. Su cuerpo temblaba no solo por el frío que se le metía en los huesos, sino también por la tormenta que rugía en su interior: los afilados bordes de la traición destrozaban la frágil esperanza que había llevado consigo a casa de Thorne apenas unas horas antes. El anillo que había elegido, sencillo pero simbólico de un futuro compartido, ahora se sentía como un peso burlón en su bolsillo, su promesa disuelta en el torrente de lágrimas mezcladas con el agua de lluvia. Apoyó la frente contra el poste de metal, la textura áspera la anclaba mientras los sollozos sacudían su cuerpo, crudos y sin filtro.

  Los faros perforaron la penumbra, deteniéndose hasta rozarse junto a ella. La ventanilla bajó con un suave zumbido, y una voz emergió de las sombras, familiar de una forma que le revolvió el estómago. «Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?». Era Riven, la sombra de Thorne, el hombre cuyo solo nombre podía encender la furia en los ojos de su antiguo amante. Riven, con su ambición inquebrantable y su silenciosa intensidad, siempre había sido el rival que Thorne no podía eclipsar, un recordatorio constante de los caminos no elegidos. Liora alzó la cabeza, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, encontrándose con su mirada. Esos ojos oscuros, enmarcados por pestañas húmedas por la lluvia, contenían un destello de preocupación bajo la diversión, como si hubiera estado esperando este momento más tiempo que la tormenta.

  —Tu novio debe estar loco para dejarte afuera en medio de este diluvio —continuó Riven, mezclando preocupación con un tono burlón—. Vamos, busquemos un lugar seco. Se inclinó sobre el asiento, la luz interior proyectando cálidas sombras sobre sus fuertes facciones: la línea definida de su mandíbula, la sutil curva de sus labios que insinuaba secretos no contados.

  Liora retrocedió, sacudiendo la cabeza con vehemencia; mechones de cabello azotaban su rostro como inútiles barreras. Retrocedió hacia la acera llena de charcos, el agua salpicándole las piernas en señal de protesta. La idea de aceptar la ayuda de Riven le parecía una humillación más; Thorne lo había retratado como el enemigo, un depredador que acechaba su felicidad. Sin embargo, mientras el trueno retumbaba sobre sus cabezas, su determinación flaqueó, el agotamiento la arrastraba como una resaca.

  Una risa profunda resonó desde el coche, cálida contra el frío de la noche. Antes de que pudiera alejarse más, Riven apareció, su abrigo ondeando al viento mientras acortaba la distancia en dos zancadas. Sin dudarlo, la estrechó entre sus brazos, una mano acunando su espalda mientras la otra sostenía sus rodillas. La fuerza de su abrazo era suave pero firme, levantándola sin esfuerzo contra su pecho. Ella se tensó, sus palmas presionando contra la sólida pared de su camisa, sintiendo el latido constante de su corazón debajo. Era un ritmo que contrastaba con el caos del suyo, un ancla silenciosa en la tempestad.

  —Bájame —susurró, pero sus palabras carecían de convicción y se desvanecieron en la lluvia mientras él la llevaba al coche. La puerta se abrió con un clic y la sentó en el asiento del copiloto; el cuero estaba fresco contra su vestido empapado. Al rodear el vehículo y ponerse al volante, Liora encogió las rodillas, abrazándolas con fuerza; la vulnerabilidad del momento la oprimía como la puerta que se cerraba.

  Dejó escapar un largo suspiro, y la tensión disminuyó ligeramente en el espacio cerrado, perfumado con cuero y un sutil aroma a sándalo. Luchar contra Riven siempre había sido como luchar contra la marea: una rendición inevitable. Él no se regodeó, simplemente encendió el motor, cuyo suave zumbido resonó en los asientos mientras recorría las resbaladizas carreteras.

  De la parte de atrás, sacó una toalla mullida, de fibras suaves y absorbentes, y la colocó sobre sus hombros. «Toma», dijo simplemente, deteniéndose un instante para ajustarla, un pequeño gesto de cariño que le produjo una inesperada calidez en el pecho.

  —Perdón por haber empapado tu coche —murmuró Liora con voz baja mientras se secaba el pelo empapado y la toalla que se le pegaba a la piel. La toalla absorbió el exceso de agua, pero el frío persistía, reflejando la frialdad emocional que la invadía.

  Riven desestimó la disculpa con un gesto despreocupado de la mano, con la mirada fija en la carretera pero mirándola de vez en cuando. «No hay necesidad de tanta rigidez entre nosotros», respondió, suavizando el tono inquisitivo de su voz con genuina curiosidad. «¿Qué te traía deambulando bajo este aguacero? Pareces como si el mundo conspirara contra ti».

  Apartó la mirada, fija en el rítmico movimiento de los limpiaparabrisas, mientras el mundo exterior se convertía en una mancha borrosa de neón y sombras. La toalla se convirtió en su escudo, apretada entre los dedos mientras los recuerdos la asaltaban: la risa de Thorne en momentos robados, la forma en que sus dedos habían recorrido su columna vertebral con fingida devoción. Ahora, esos recuerdos se habían vuelto amargos, empañados por la imagen de él enredado con Elowen, cuyo anillo brillaba como una daga. El silencio los envolvió, denso y cargado, hasta que Riven lo rompió, sus palabras aterrizando con silenciosa precisión.

  'Has descubierto la verdad sobre tu pareja engañosa, ¿verdad?'

  La declaración la golpeó como una ráfaga de viento, haciéndola estremecerse y encogerse. El dolor resurgió, agudo e implacable, reviviendo con vívido detalle la humillación sufrida en la habitación: la fría burla en los ojos de Elowen, las débiles excusas de Thorne envueltas en obligaciones familiares. Liora contuvo la respiración, un fresco lagrimeo se apoderó de sus pestañas, pero se apartó aún más, negándole la visión de su fragilidad. En ese momento, con Riven, la exposición le parecía demasiado íntima, demasiado reveladora de la confianza que había depositado tan voluntariamente.

  El vehículo se deslizaba por avenidas desiertas, el rugido de la tormenta atenuado hasta convertirse en un murmullo lejano dentro de su santuario. Riven respetaba el silencio, permitiendo que se abriera paso entre ellos como un puente frágil. Liora apretó la toalla, inhalando el sutil aroma que la impregnaba: notas terrosas que evocaban fragmentos de su historia compartida, antes de que Thorne se apoderara de su mundo. En aquel entonces, Riven había sido una presencia fugaz en las reuniones, sus sonrisas se prolongaban un instante de más, despertando curiosidades que ella había reprimido por lealtad.

  Con el paso de los minutos, el silencio se fue disipando, volviéndose menos opresivo, más como una respiración compartida. Él la miraba furtivamente, con expresión pensativa, mientras las luces del tablero dibujaban en su rostro líneas de empatía. Finalmente, habló, su voz como una suave corriente que la atraía de nuevo. «¿Qué te parece si llegamos a un acuerdo? Algo que nos beneficie a ambos».

  La curiosidad la impulsó a mirarlo, y sus miradas se encontraron en la tenue luz. No había desdén en su mirada, solo una profunda concentración que aceleró su corazón, reavivando brasas de una conexión olvidada. Las barreras que había erigido comenzaron a resquebrajarse, las heridas de la noche exigían reconocimiento, tal vez incluso sanación por medios inesperados.

  —Duraría dos meses —explicó Riven, bajando el tono a un susurro confidencial que la atrajo—. Finge ser mía, comparte tu intimidad conmigo. Úsala para vengarte de él, para que vea el tesoro que despilfarró, justo delante de sus ojos.

  La oferta, audaz y cruda, persistía en su interior, desatando una tormenta de emociones. La venganza la tentaba, un bálsamo para la indignidad sufrida, una oportunidad para recuperar el control de entre las ruinas del engaño. Sin embargo, ceder al abrazo de Riven prometía más que venganza; le susurraba la idea de redescubrir el contacto nacido de la comprensión mutua, de sanar las grietas de su espíritu con la presencia constante del otro. El abismo emocional se abría de par en par: ¿podría salvarlo con alguien vinculado a sus dolores del pasado? Su mirada, sin embargo, le ofrecía consuelo, un vínculo arraigado en el resentimiento compartido hacia el traidor.

  —¿Qué ventaja obtienes de este pacto? —preguntó ella, con la voz suave contra la persistente llovizna, escudriñando la profundidad de sus intenciones con una mirada que buscaba autenticidad.

  Con delicadeza, Riven extendió la mano, sus dedos rozando su mandíbula antes de sostenerle la barbilla, invitándola a mirarlo directamente. El contacto fue ligero, reverente; su yema se deslizó sobre sus labios en una caricia que disipó los últimos vestigios de frío, despertando un suave temblor nacido de una conciencia incipiente. Sus miradas se entrelazaron, la atmósfera se llenó de potencial: la cruda sinceridad de desnudar su alma una vez más, la fe necesaria para adentrarse en ella, la calidez que podía surgir de las cenizas de la devastación.

  «Surge de un impulso repentino», le confió, mientras su exhalación rozaba su mejilla, una frase cargada de profundidades tácitas que esperaban ser descubiertas.

  longitud

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