Sharon siempre había sabido cómo conseguir lo que quería de los hombres. Echando el cabello hacia atrás, inclinando la cabeza, una sonrisa lenta, un roce de sus dedos en un brazo. Esos pequeños gestos solían funcionar.
En la oficina, era como magia con su objetivo: a veces contacto visual prolongado en las reuniones, “toques accidentales” al pasar informes, vestidos que mostraban sus curvas lo justo para hacer que sus colegas perdieran el foco.
Gracias a sus movimientos, las promociones llegaba