No había visto a Theo en casi cuatro meses.
No desde el último café incómodo en el que los dos fingimos que la ruptura había sido mutua y limpia. Él se había mudado de nuevo a la ciudad por un nuevo trabajo; yo me quedé aquí, convenciéndome de que la paz y el silencio era lo que necesitaba. Ni llamadas. Ni mensajes. Solo un silencio que se sentía como alivio.
Hasta que esa tarde entró en el bar de Calder como si todavía le perteneciera a mi vida.
Era miércoles. Yo estaba otra vez detrás de la b