No sé exactamente cuándo dejó de sentirse como un juego.
Tal vez fue aquella noche en el cobertizo, con el nombre de Sarah iluminando mi teléfono mientras Jonah se corría en mi garganta y yo tragaba cada gota como si fuera la única verdad que importaba. O en la biblioteca, donde dejamos nuestro desastre sobre viejos libros de poesía que nadie volvería a leer. O en el balcón, donde la luz del vecino se quedó encendida el tiempo suficiente como para que me preguntara si alguien nos había visto de