La luna de sangre estaba tan baja e hinchada que parecía que iba a gotear directamente sobre el agua negra. Sentí un extraño apretón en el pecho en el mismo instante en que apagué el motor. Me dije a mí misma que solo era la humedad que llegaba del océano, pero igual se me puso la piel de gallina en los brazos y mis pezones se endurecieron contra la fina tela de mi camiseta de tirantes.
Dentro del bar del faro reinaba un silencio sepulcral para ser viernes. No había multitudes de verano desbord