—Duque… —dice Anna, aliviada de que no sea Rodrigo.
Antuam ve sus ojos y su tristeza. Ella es un mar de lágrimas y el hombre no puede evitar sentir en el fondo pena por la joven, así que extiende sus brazos y la pelinegra, sin saber si eso sería bueno o malo, toma el consuelo en un abrazo.
—¿Puedo saber qué le ocurre, señorita Anna?
—¡Es mi hermana, Duque! ¡Ha quedado paralítica y eso me destroza! ¡Es una tragedia! —le cuenta, en vista de que sabe que no puede decirle toda la verdad—. Lo sie