—No tenemos tiempo, por más que lo deseemos.
Se frotó un poco para que sintiera cuán erecto se encontraba. Bajé mis piernas, estábamos tan cerca, mirándonos, era tan alto para mí. El deseo entre los dos era palpable. No nos alejamos, seguíamos cerca de la mesa.
Mi mano la llevé a su miembro y la deslicé por lo largo de su dureza. Verlo a los ojos era ser testigos de cómo la miel derretía. Al diablo con todo Salomé. Tomé la iniciativa, solté el botón de su jean, bajé la cremallera, introduje mi