La noche seguía oscura, pero el fuego del invernadero iluminaba el cielo, creando sombras danzantes en el rostro preocupado de Valeria. El aire estaba cargado de humo y tensión, y el eco de los gritos aún resonaba en sus oídos.
“No puedo creer que Verónica haya llegado tan lejos,” dijo Valeria, su voz temblando de rabia y tristeza.
Dolores la miró, su expresión seria. “Es el poder lo que la ha cambiado. No la conoces como antes. Está dispuesta a destruirlo todo.”
Faruq, aún cubierto de cenizas,