El cielo estaba cubierto por un manto de nubes grises cuando el auto se detuvo frente al hotel.
Bajé con movimientos calculados, ajustando el abrigo sobre mis hombros mientras observaba el imponente edificio de cristal que reflejaba la ciudad. El aire tenía ese aroma particular de la lluvia próxima, una mezcla de humedad y electricidad suspendida en el ambiente.
A mi lado, Santiago cerró la puerta del auto con calma.
Podía sentir su presencia incluso sin mirarlo directamente. Era como un campo