Por la mañana, sentía la cabeza recostada en el pecho de Nicolás, quien me abrazaba con firmeza mientras yo hacía lo mismo. Me quedé mirándolo un instante, asombrada por cómo un hombre tan atractivo podía ser también despiadado, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para mantenerme a su lado.
Le acaricié la mejilla y él abrió los ojos. Me quedé en silencio, observando esos ojos que tenían dos tonalidades diferentes.
—¿Qué pasa? —rompió el silencio con voz rasposa.
—¿Son tus ojos realmente as